La evolución del lenguaje es algo tan necesario como tangible. A menudo necesitamos nuevos términos o expresiones para poder referirnos a nuevas realidades. En la mayoría de las ocasiones la evolución es espontánea, pero otras veces es inducida.
En el caso específico del lenguaje jurídico nos encontramos con expresiones propias, por lo general invariables y establecidas previamente. El terrorismo, un problema de nuestra era, ha hecho que necesitemos nombrar conceptos y realidades que antes no existían. Es el caso concreto de las "víctimas no inocentes" del terrorismo.
Dentro de la legislación española se distingue entre víctimas del terrorismo "inocentes" y "no inocentes". Una víctima inocente sería aquella que no fue elegida previamente como objetivo, sino que sufrió el ataque por azar, por ejemplo, las víctimas del atentado de ETA en Hipercor. Una víctima no inocente sería una que fue previamente seleccionada, como Miguel Ángel Blanco o Jose María Aznar.
El sufrimiento de una persona o de sus familiares no desaparece de manera instantánea cuando el suceso delictivo termina, pues hay diferentes tipos de victimización. En este caso nos referimos a una causada por el mismo sistema legal que, ingeniosamente, ha decidido etiquetar a cierto tipo de víctimas con el nombre de "víctimas no inocentes". A partir de este momento, la persona o familiares no solamente tienen que lidiar con lo que les ha ocurrido, sino que tienen que soportar que se cuestione, de manera oficial aunque indirecta, su inocencia. Evidentemente, nadie está diciendo que Miguel Ángel Blanco fuera culpable de nada, pero ponerle la etiqueta de "no inocente" puede contribuir al sufrimiento de su familia.
—Tenemos a las pobres víctimas inocentes de los atentados de ETA, esos que murieron porque pasaban por allí.—Sí, qué lástima.—¿Cómo le ponemos a los que han elegido a conciencia?—Pues si los otros se llaman "víctimas inocentes" a estos los llamaremos "víctimas no inocentes"—Estupendo tío, firma.—Terminamos luego, que estoy loco por fumarme un cigarro —Coge el teléfono—. Margarita, cancele mis reuniones para esta tarde, que ya he hecho suficiente por hoy.